Eco de voces danzantes,
Acompasadas en olvido,
Así se alejan, los pasos,
Ecos lejano de los que fueron tuyos,
Eclipsados por el sonido
De la marcha funesta.
Allí tu cuerpo,
Antes lozano
Yace dormido en sueño perpetuo
¡Ay de mi! señores.
¡Ay de mí!
¿Por que te vas tan joven?
Por que nos dejas huérfanos de tu cariño,
Abuelo mío, más padre que abuelo;
Más amigo que padre,
Tu rostro yace en silencio,
Por arrugas surcado.
No es despedida esta que damos,
Mientras los gusanos esperan devorar tu carne.
Ay de mí que te dejo durmiendo,
Ríos eternos naceran de los deudos ojos.
Diez veces te llorará la muerte,
y serás el clamor de los hijos
que aguardan.
Con dolor nacemos y
Al morir dolor dejamos,
Quien podrá consolarte, amigo.
Que yaces dormido en sueño perpetuo.
Así mismo, moriremos nosotros.
Y algún día encontraremos el frío,
Que te entumece.
Sombras borrosas proyecta tu cuerpo.
Y así, sin quererlo,
Sin desearlo, depositamos
Tu cadáver en las entrañas de la tierra.
Fauces voraces te aguardan.
Al César lo que es del César,
Y a la tierra tus restos marchitos.